jueves, 28 de julio de 2016

Marga Gil Roësset (1908-1932)


"Si pensaste al morir que ibas a ser bien recordada, no te equivocaste, Marga. Acaso te recordaremos pocos, pero nuestro recuerdo te será fiel y firme. No te olvidaremos, no te olvidaré nunca". Juan Ramón Jiménez.

Marga, la joven que el escritor recordó en un poema recogido en Españoles de tres mundos, se suicidó a los 24 años. Justo después de entregarle una carpeta amarilla y decirle: "No lo leas ahora". Lo que se escondía entre esas tapas es el diario de esta precoz escultora e ilustradora: una confesión de amor por Juan Ramón Jiménez. Pero, ¿quién era esa mujer que con 13 años dibujaba con maestría barroca y a los 15 esculpía con la misma facilidad y técnica que un artista consagrado a la piedra durante años?


Marga Gil Roësset nació en Las Rozas, a las afueras de Madrid, en 1908. El parto fue complicado y los médicos le auguraron una muerte prematura, pero su madre. Margot Roësset, no sólo se negó a dejar morir a su segunda hija  y consiguió sacarla adelante, sino que inculcó en ambas hermanas la pasión por las artes. Con 13 años Marga ilustraba los cuentos de su hermana mayor Consuelo por orden de su madre. Sus padres decidieron llevar a su hija de 15 años al taller del maestro Victorio Macho, pero éste se negó a darle clase por miedo a estropear su talento. 

La pasión de la escultora por el escritor se desató en un recital de ópera en 1932. Él tenía 51 años y estaba casado con Zenobia Camprubí a quién Gil había regalado un cuento cuando era una niña en condición de admiradora de la traductora de Tagore. Desde aquel día Marga Gil tuvo que lidiar con los arrestos de un amor no correspondido y los embistes de una mente superdotada. Marga Gil Roësset se pegó un tiro en la sien el jueves 28 de julio de 1932 a las seis de la tarde. El escritor Benjamín Prado versionó en el poema Marga Gil en la isla este final trágico

  Es una tarde de verano. Tú hablas
  de que las noches son extrañas en las islas.
  Yo pienso de repente
  -no sé por qué- en la casa de Marga Gil: la torre
  cerca de la autopista y el desorden salvaje
  del antiguo jardín abandonado.

  Empiezo
  a contarte esa historia,
  la manera en que aún sigue dentro de mí
  y tú dices:
  -Como alguien que anda junto a un río y tiene
  sobre su piel la sombra de los árboles.

  Estamos en el año
  1932 y Marga
  se enamora de Juan Ramón Jiménez.
  Es una chica oscura.
  Hay un túnel que une
  su corazón y el ruido de los bosques.
  Un día entra en la casa.
  Un día escribe
  ya nada me separa de ti,
  salvo la muerte.
  Luego, todo se termina.
  Casi podemos verlo: 28 de julio;
  el cielo es muy azul;
  puede que unas palomas se escapen del jardín
  al oírse el disparo.

  Ahora los dos estamos en silencio.
  Tú miras
  la playa,
  la marea,
  el sol rojo lo mismo que una fuente
  en donde un asesino se ha lavado las manos.
  Yo pienso en Marga Gil.
  Pienso en su miedo
  de esa forma en que a veces
  ves a un hombre que huele una rosa, imaginas
  cómo esa rosa crece hacia dentro de ese hombre,
  lo invade poco a poco con su aroma
  dulce y enfermo.

  Mucho tiempo después
  yo entro cada mañana en esa casa,
  bajo al desván,
  me muevo por los cuartos vacíos,
  subo a la torre que veré más tarde,
  desde un hotel de Nueva York,
  un día de lluvia en Buenos Aires,
  un verano
  en el puerto de Barcelona.

  El mundo
  es un lugar muy frío.
  En el fondo del agua se oye cavar las tumbas.
  Hay terrazas sin sueño donde el viento devora
  lentamente
  los restos de la noche.

  Tú y yo lo comprendemos.
  Es un viento que viene del mar, un viento frío
  que llena el corazón de pequeños arpones
  y de niños ahogados.
  Es un viento que dice:
  -No se puede salir de una casa vacía.
  Todo lo que ha ocurrido alguna vez
  ocurre para siempre.

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